Eran
como las once de la mañana, yo realizaba una experiencia de
voluntariado en el hospital neurosiquiátrico de Asunción, como parte de
mi formación de novicio jesuita. Un enfermero me solicitó que acompañe a
uno de los pacientes a retirar el resultado del test de Elisa que se
había realizado. Ésta paciente era una “travesti”, y aunque estaba
vestida como “varón” tenía el pelo largo, la
cara pintada y movimientos femeninos. No recuerdo mi primera reacción
al conocer a la persona a la que debía acompañar, pero si recuerdo muy
clara y fuertemente mi reacción cuando tuve que salir con ella a la
calle.
Como dije, eran como las once de la mañana, la calle estaba repleta de niños que salían de la escuela y de los padres que iban a recogerlos. Nadie disimulaba su mirada sobre nosotros, ya sea frontalmente o cuando al pasarnos daban la vuelta para decir algo entre dientes. La distancia que caminar no era tanta, pero esos minutos se hicieron eternos para mí, vergüenza, miedo, desprecio eran las sensaciones que surgían en mi ante la mirada juzgadora de los personas que se nos cruzaban. Todas estas sensaciones estallaron como una bomba, cuando llegamos al lugar del que debíamos retirar el resultado del test. Las miradas se hicieron mucho más inquisidoras, en mi interior la vergüenza bullía cual agua hirviente mientras yo pensaba, ¿Piensan que somos pareja? ¿Piensan que yo soy como ella?
Finalmente ella retiro su resultado, al acercarse vi la tristeza en su rostro y entonces supe que las noticias no eran buenas, ella se me acerco y me dijo que el resultado era positivo. Todo lo que vino después está como borrado de mi memoria, esto suele suceder cuando enfrentamos ciertas situaciones que nos sobrepasan, es como si nuestra mente las archivara en una caja fuerte para que no tengamos que exponernos a ellas nunca más.
Han pasado como catorce años de aquella experiencia y hoy me duelen y avergüenzan otras cosas de aquel hecho. Duele no recordar su nombre, suelo ser bueno para eso, pero no, por más que lo intente no lo logro. Me avergüenza la vergüenza con la que la acompañe en aquel triste camino, encerrado en mis propios temores no pude ser “simplemente humano” con alguien que en ese momento necesitaba la cercanía y la comprensión de un abrazo. Me duele mi mirada juzgadora que la suponía defectuosa, enferma, que la colocaba de delante de mí como ese alguien que nunca quisiera ser, porque ser travesti en este país es una tragedia.
Alguien dijo una vez que hay lugares que no existen en el corazón y donde el dolor entra a fin de que existan. De este dolor al recordar con vergüenza aquel momento de mi poca humanidad, surgen hoy, cual agua que brota de un manantial transparente, estos deseos; Si pudiera de alguna manera volver a aquel momento, anotaría en mi piel tu nombre y apellidos completos, para no olvidarte nunca. Tomaría tu mano fuertemente y caminaría contigo con alegría, que piensen que somos pareja, amigos, hermanos, lo que sea, que es el amor el que nos une. Me dejaría el cabello largo, me pintaría los ojos y la boca, y cuando la gente nos mirase diría, sí, soy como ella, orgullosamente como ella. Te abrazaría, lloraría contigo, y te diría que no estás sola, que nunca estuviste sola, que nunca más estaras sola.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Lo más bello de la Palabra, es que puede unir nuestras almas,a pesar de nuestras diferencias, aquí quise compartir algunas contigo, ahora espero las tuyas...Gracias.